Mostrando las entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de julio de 2015

Historia fatal

¡Tan, tan, tan!
¿Quién toca el zaguán?
¡Yo!
¿Quién es yo?
¡Margarito!
¿Cuál Margarito!
¿Cuál Margarito?
¡Ledesma!
¡Lárguese de aquí, que no lo necesito,
y no vuelva ni en toda la Cuaresma!

Así pasó la historia, se los juro;
así sucedió todo.
Sólo malas razones y mal modo
fue lo que me saqué del triste apuro.

Yo iba tranquilo, con mi pecho sano,
como todo un caballero,
no a pedirles favores ni dinero,
sino a pedir su mano.

Y ya hasta me encontraba aprevenido
para comprar las donas,
pues no esperaba ser mal recibido
por aquellas personas.

Ni pensé fuera infiel y engañadora,
como al fin y al cabo sucedió,
pues a la hora de la hora
ella misma fue la que me corrió.

Sí, ella fue
la que desde adentro del zaguán
me echó el reperiquete,
y yo sentí como si fuera un can
que le prenden un cuete.

Y no he vuelto a pasar por esa calle,
ni en mi vida espero volver a pasar;
pero no se me olvida ese detalle,
ni es fácil se me llegue a olvidar.

No quiero mentar nombres ni dar quejas,
ni verla ni acordarme de aquel hecho.
Cuando la veo, se me adultera el pecho
y empiezan a zumbarme las orejas.

Supe después que se casó muy pronto
con cierto rancherón boca de palo
que dicen es ya viejo, feo y tonto,
muy jugador, borracho y harto malo.

Que, cuando anda bebido, se avalienta
y agarra tanta fuerza y tanto filo
que a la mujer la sanjuanea de un hilo
y luego hasta los oídos le revienta.

Pero a mi saber eso no me importa,
ni nada ya con ello remedeo.
Algunos dicen que la vida es corta,
y yo también así lo creo.

Pero eso sí les digo, porque es cierto,
y hasta les puedo presentar testigos,
que en este mundo hay premios y castigos
y que Dios no se ha muerto.

Y no crean que por este sucedido
le agarré algo de tirria a Chamacuero.
Aquí me puso Dios, aquí he vivido
y aunque a muchos les pese, aquí me muero.



Margarito Ledesma

¿Por qué te tapas?

Al pasar junto a mi lado,
te tapas con el rebozo.
¿Pues qué crees que estoy sarnoso
o que estoy descomulgado?

Pues no tengo nada de eso,
pues mi defecto mayor
es el tenerte este amor
que sin miedo te confieso.

Si no tienes voluntad
siquiera de contestarme,
yo creo no hay necesidad
ni menos de avergonzarme.

Mucho menos todavía
de enredarte en el rebozo,
pues ya desde el otro día
te dije no estoy sarnoso.

La gente se entiende hablando
y aunque digas que no me quieres,
te he de seguir molestando,
porque así son las mujeres.


Margarito Ledesma

Como Julieta y Romero

El corazón humano de la gente
es cual una vejiga que se llena.
Echándole más aire que el prudente,
se va infle  y infle  y infle hasta que truena.

Y como el mío también es de cristiano,
se ve muy atariado y sumergido,
pues si siguen cargándole la mano,
el día menos pensado da el tronido.

Ya los ves, tus papás no se convencen
y no me dejan platicar contigo.
Está muy bien, yo no los contradigo;
pero siempre está bueno que se piensen.

Pues no pueden hallarse muchas veces
personas como yo, que sean honradas,
que sepan aguantar sus pesadeces
y que no anden con chismes ni asonadas.

Yo procuro granjiarlos cuanto puedo
y les doy la banqueta y los saludo;
pero nomás se quedan como un mudo
y me echan unos ojos que da miedo.

Y aunque vean que uno sufre y que se afana,
parece que les tiene sin cuidado.
Ya ves, ya remacharon la ventana
 y al zaguán le metieron candado.

Y de arrimarme a tu balcón no hay modos,
ni pisando quedito y sin botines,
pues sale tu mamá y avienta orines
y grita cosas para que oigan todos.

La verdad que ya yo me desespero,
y si siguen así estos asuntos,
no hay más remedio que enyerbarnos juntos,
como lo hizo Julieta con Romero.


Margarito Ledesma

¿Cómo le haré?

Le mandé una cartita con Delfina,
y no me contestó;
le mandé otra con Luis el mandadero,
y no la recibió;
le envié un ramo de flores con tía Sixtos,
y mucho se enojó,
y ayer, que le tosí dos o tres veces,
ni siquiera voltió.

Yo quiero que me digan con franqueza
cómo le voy a hacer
con tantos quebraderos de cabeza
causa de esa mujer.

Si paso por enfrente, se me esconde;
si le escribo una carta, no responde;
no se asoma al zaguán ni a la ventana;
a misa siempre va con la mamá;
en la calle siempre anda con su hermana,
y si hay un bailecito, nunca va.

Nunca la veo en una serenata;
tampoco va el domingo a la Estación.
Por eso estoy creyendo que sólo trata
de ponerme en terrible paragón.

Yo no estoy cierto si lo hará deadrede
o por temor a enojo familiar;
si será de deveras que no puede
o lo hará por hacerme repelar.

Mas como el modo no me proporciona
de declararle este amor inmenso,
la verdad..., mejor pienso
poner los ojos en otra persona.

Sirve que así me quito
de andar como el perrito,
para allá y para acá,
muy serio, muy chistoso y muy travieso,
nomás siguiendo el güeso,
mientras toda la gente... ¡Ja, ja, ja!

Y así me dejo ya del quebradero,
y me evito también que la cristina
me ande nomás con hoy y con mañana,
como si fuera un triste limosnero.

Margarito Ledesma